Delivery, IA y otras herejías modernas
- Seba Mardones
- 4 may
- 2 Min. de lectura

Los días domingo se puede subir con bicicleta al metro de Santiago. Fui ahí donde me encontré con un repartidor de comida rápida, algo que, sin ningún motivo lógico, me pareció absurdamente inquietante (al mas puro estilo de Mr. Bean). Como si el delivery, ese ritual casi sagrado de la inmediatez capitalista, tuviera que ocurrir en una dimensión paralela, invisible, sin rozar jamás el transporte público que usamos los consumidores. Porque claro, el mito dice que la comida llega sola, como por obra de una divinidad logística que no se sienta, no suda y, por supuesto, no paga pasaje.
Pero ahí está: mochila térmica, bicicleta al lado, revisando el celular. Usando el mismo sistema que cualquiera. Rompiendo la fantasía.
Y es curioso, porque la sensación que genera esa imagen es sospechosamente parecida a la que provoca un compositor que usa inteligencia artificial.
“Eso no es componer de verdad”, dirán algunos, como si la creatividad también tuviera que llegar sola, sin mediaciones, sin herramientas, como si siempre hubiera existido en estado puro, sin lápiz, sin piano, sin software… sin historia. Como si Bach no hubiera usado las tecnologías disponibles de su tiempo. Como si el DAW no fuera ya una extensión natural del pensamiento musical.
El problema no es la herramienta. Es cuando la herramienta se vuelve visible.
El repartidor en el metro nos recuerda que detrás del “pedido en 30 minutos” hay trayectos, cuerpos, tiempos compartidos. El compositor usando IA nos recuerda que detrás de la “obra original” hay procesos, referencias, asistencias, decisiones que no siempre son tan románticas como queremos creer.
Ambos rompen una ilusión: la de la pureza.
Porque queremos pensar que la comida llega sin fricción, y que el arte nace sin mediación. Pero no. Todo circula. Todo se apoya en sistemas. Todo se mezcla con lo cotidiano.
Y tal vez lo más curioso no es que el repartidor use el metro o que el compositor use IA.
Lo curioso es darnos cuen
ta de que nunca hubo un “afuera” de eso.
Que siempre estuvimos todos en el mismo vagón.



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