La música es vida… (PARTE II)
- Seba Mardones
- 26 abr
- 2 Min. de lectura

Una querida amiga me escribió, después de leer mi artículo anterior, diciéndome que la música sí avisa.
Tiene razón: la música sí avisa. Todas esas actividades que parecen sospechosamente inútiles —como pintar, bailar, escribir poesía o esmerarnos en cocinar con belleza y sabor— tienen su justificación: seguir con vida. No solo desde el bienestar espiritual, sino también para mantenernos efectivamente vivos. Percibir aromas, colores, sonidos, sabores y la propiocepción (saber dónde y en qué condiciones está cada parte de nuestro cuerpo) nos ayuda a no morir envenenados, intoxicados, atropellados y a evitar poner alguna parte de nuestro cuerpo en situaciones de riesgo catastrófico.
En ese sentido, la música cumple un rol esencial: entrena nuestro oído y cerebro para percibir variaciones sonoras en el entorno, que pueden significar riesgos o beneficios. Por eso la música suele tener ritmos regulares y progresiones de acordes que nos resultan predecibles. Así podemos anticipar lo que viene y eso mantiene, literalmente, a nuestro cerebro “en forma” para estar atentos a los sonidos del mundo que nos rodea.
Sin embargo, la música también requiere el elemento sorpresa; de lo contrario, no tendría sentido predecir algo que siempre es igual. Si no somos capaces de diferenciar entre una musicalidad constante y una variación, nuestro cerebro deja de ejercitarse.
Por eso, sin entrar en tecnicismos, la música sí avisa: se estructura en tiempos, compases, progresiones armónicas y líneas melódicas que deben ser predecibles, pero solo hasta cierto punto (¡no es chacota tampoco!). Cuando acertamos en la anticipación, ¡BUM! Nos ganamos una dosis extra de dopamina.
La música y la vida establecen paralelismos. Estudios demuestran que nuestro cerebro puede predecir y tomar decisiones sobre el entorno antes de que seamos conscientes de ello (¡ahora sabemos que nuestro cerebro ya sabía antes que nosotros supiéramos!). El algoritmo, concepto tan popular hoy, es un mecanismo antiquísimo en todas las especies que se manifiestan de diversas maneras. Lo llamamos emoción, sensación, intuición, vibra (los más jóvenes), "tincada" (los más viejos), etc. Las artes nos ayudan a entrenar y mantener en forma este sistema de preservación. La música no solo nos mantiene atentos a los sonidos regulares e irregulares, sino que entrena la anticipación, recompensándonos con hormonas de placer. La vida cotidiana también exige atención y anticipación, aunque siempre habrá sorpresas.
Por eso corrijo mis palabras del cierre de la columna anterior: la música, al igual que la vida, no para, no espera, pero sí avisa.



Después de leer ambas columnas, me queda dando vueltas una idea: la vida es como la música. Está llena de ciclos que empiezan, crecen y se resuelven.
Tiene sus bemoles, sus pausas y sus letras que acompañan cada etapa, cada día, cada hora. A veces suena suave, otras más intensa, pero siempre va contando algo.
Así es la vida… así es la música.