El chiste estaba en Shostakóvich
- Seba Mardones
- 30 jun
- 3 min de lectura

La risa es, probablemente, uno de los pocos fenómenos verdaderamente democráticos de la especie humana. No distingue idiomas, nacionalidades ni estratos sociales. Pero sí discrimina. Y bastante. Porque para reír no basta con tener diafragma: hay que tener contexto.
Reír requiere sorpresa. El sentido del humor no es otra cosa que la capacidad de detectar una incongruencia. Nuestro cerebro predice el mundo con una eficiencia admirable: espera que, frente a A, ocurra B. A veces concede la posibilidad de C, porque es una mente abierta. Pero cuando aparece R, algo se rompe deliciosamente. Lo inesperado no existe sin lo esperado. Si nunca esperábamos nada, viviríamos en un estado de chiste permanente.
La incongruencia pone a trabajar la maquinaria cognitiva. Analizamos el contexto, contrastamos expectativas, verificamos referencias y, solo entonces, la corteza motora organiza esa coreografía involuntaria de músculos faciales, espasmos y ruidos extraños que llamamos risa. Es decir, para reír hay que pensar. Aunque a veces el pensamiento dure apenas unas milésimas de segundo.
En la música ocurre exactamente lo mismo, con el pequeño inconveniente de que casi nadie sabe explicarlo sin que desaparezca la gracia. Es como explicar un truco de magia mientras el conejo todavía está dentro del sombrero. O como intentar describir el sabor del color azul. Uno termina diciendo "eje..." y esperando que el otro complete el resto.
Mi excusa, antes de fracasar, es sencilla: jamás he visto a alguien explicar el humor musical provocando la más mínima sonrisa. Y créanme, he visto a varios intentarlo. Es una disciplina fascinante: personas muy inteligentes dedicando cuarenta minutos a demostrar por qué algo era divertido, hasta lograr que deje de serlo por completo.
Hace poco veía una película donde un músico intentaba ilustrar el absurdo de una situación diciendo que era "como poner un cencerro al final de una sinfonía de Shostakóvich". Yo me reí. El personaje también. Mi acompañante no. El interlocutor del personaje tampoco. Y nadie estaba equivocado.
Porque el chiste no estaba en el cencerro (solamente). Estaba en conocer a Shostakóvich.
Ahí está la trampa del humor musical: exige que el público haga la mitad del trabajo. Hay que conocer estilos, convenciones, expectativas, clichés y hasta ciertos prejuicios sonoros. Solo entonces una modulación ridículamente innecesaria, un silencio fuera de lugar, un acorde obscenamente pomposo o un cencerro inoportuno adquieren el rango de comedia.
Quizás por eso conviene empezar desde la periferia: el humor que rodea a la música, las anécdotas, los músicos, los conciertos, los egos, las partituras imposibles. Poco a poco uno puede acercarse al centro, donde la música misma empieza a hacer chistes sin necesidad de palabras.
Y cuando finalmente ocurre, descubrimos que el humor musical nunca fue un género. Era un idioma.
Un idioma en el que Les Luthiers podían construir una fuga sobre un error y Leo Maslíah convertir una progresión armónica en un problema filosófico sin perder jamás el compás. Ninguno de los dos hacía humor sobre la música: hacían humor con la música. Pero para entrar al juego había que llevar algo puesto de casa. Ellos no hacían todo el trabajo; apenas rayaban la cancha. El resto lo ponía el oyente. Y quizá esa sea la definición más elegante del humor: el único arte en el que el público también tiene que estudiar para aprobar el examen... aunque después jure que se estaba riendo espontáneamente.



Comentarios