Manual para personas que (creen que) no cantan
- Seba Mardones
- 1 jun
- 2 min de lectura

La primera vez que recuerdo haber cantado frente a alguien fue cuando tenía unos 11 o 12 años. Era un trabajo grupal de música y, por alguna razón que ya no recuerdo, falté el día de la evaluación.
La profesora Ximena Jiménez —o al menos creo que así se escribía su nombre— me llamó adelante y me pidió que cantara. Solo.
Canté mientras mis compañeros conversaban entre ellos. Nadie me prestó demasiada atención, lo que en ese momento fue un alivio enorme. Al terminar, la profesora, que probablemente fue la única persona que realmente me escuchó cantar ese día, me dijo:
—Usted canta muy bien. ¿Ha pensado en entrar al coro?
El único coro que yo conocía era el que cantaba en las misas del colegio. Puede que hubiera otro, pero mi imaginación no llegó tan lejos. Así que respondí que lo iba a pensar.
No lo pensé mucho.
En realidad pensé exactamente lo contrario: jamás entraría a un grupo de ñoños como esos. Había una reputación adolescente que mantener y claramente no estaba dispuesto a ponerla en riesgo por cantar.
Los años pasaron y hoy hago algo curioso: insisto, a veces con más entusiasmo del recomendable, en que la gente cante.
Cuando pregunto:
—¿Usted canta?
La respuesta más habitual es:
—No.
Aunque también existen variantes bastante más entretenidas.
—Solo en la ducha.
—Le canto a mi hijo.
—Canto bien, pero se me escucha mal.
Esta última es una de mis favoritas, aunque merece una columna completa para ella sola.
Yo pongo cara de que intento comprender la respuesta, pero la verdad es que la pregunta apuntaba a algo bastante más simple. Solo quería saber si usted canta.
Nada más.
Si canta bien, si canta mal, dónde canta o para quién canta, es harina de otro costal.
Porque la respuesta es más sencilla de lo que parece: si usted habla, entonces canta.
Piense en caminar. Todos corremos alguna vez. Para alcanzar la micro, llegar al metro antes de que se cierren las puertas, perseguir a su perro, para escapar del perro ajeno, o simplemente porque la vida nos obliga.
Si alguien pregunta:
—¿Usted corre?
La mayoría respondería que sí.
Nadie supone que la pregunta se refiere a haber ganado los 100 metros planos.
Con el canto pasa exactamente lo mismo.
Si camina, corre.
Y si habla, canta.
No se complique tanto por lo que pueda decir el resto. Los seres humanos somos expertos en opinar, criticar y corregir lo que nadie nos pidió que corrigiéramos. Basta pasar cinco minutos en redes sociales para comprobarlo.
Así que haga un experimento sencillo.
Respire profundo.
Y cante.



Si me encanta cantar, se que a capela a los mejor no cantaría tan bien pero lo hago.
A mi hijo creo le encanta escucharme.
Dos cosas sobre este escrito:
Habemos algunos que sí cantamos, pero hacerlo debería considerarse un pecado, jajaja. Es tan malo que estoy segura de que podría usarse como castigo: quien lo escuche, ¡que sufra las consecuencias!
Me encantó la redacción. Se nota una mirada más madura, pero sigue siendo simple, cercana y fácil de leer. Tiene ese aire de cuento que te va llevando de la mano, algo que me recordó a Papelucho: sencillo, entretenido y con mucho encanto.